El bastardo de Mal Abrigo

De chicos Buenaventurado Guerra y Gerardo Romero jugaban en los cocales alrededor del pueblo. Pasa una avioneta fumigando y en la nube de veneno Buenaventurado casi pierde la vida.
Cuarenta años despues este es el primer presidente latinoamericano que legaliza la coca, cocaina y la planta.

Una novela latinoamericana de raiz holandesa, una novela sobre la amistad, la venganza, el poder y la vulnerabilidad, sobre lo justo y lo injusto.

Prensa (holandesa) sobre El bastardo de Mal Abrigo





Aceite de leche de castor

(fragmento)


(Tras la llegada del médico al pueblo de Mal Abrigo, punto de vista de Marta)


—Llegó la ciencia, — susurro en trance. La ciencia era un comunista buscando un lugar para achicar.

Marta se quería procrear, no pedía un romance con la ciencia, y mucho menos una relación duradera o algo por el estilo. Lo que quería era un poco de semilla lavada en ciencia. Tenía casi veintiséis años y sabía que no podía ponerse exigente. El doctor Romero era lo mejor que Mal Abrigo podía presentarle. Al menos no tendría que preocuparse sobre las huellas que el incesto iba dejando en los habitantes. Cuando vio a su hijo estuvo segura: el pequeño Gerardito Romero era un bebé saludable de un año, con mirada inteligente, que parecía pedir un hermanito que tuviera el mismo brillo en los ojitos. Al menos más inteligente que los imbéciles del pueblo que ni se animaban a chiflarle cuando pasaba porque creían que poseía poderes en el mas allá. Marta poseía sólo dos cosas: una velería y ciencia.

—Soy la superstición en Mal Abrigo— se presentó al médico, —tengo entendido que usted es la ciencia.— Esperó a ver si él aun dominaba una destreza tal como los buenos modales. De ser así le debería responder que el terreno de ella hace tiempo que ya no se consideraba superstición, que eran colegas en realidad, pero el doctor Romero la miraba como si esa fuese la última destreza que dominaba y eso también estaba bien.

—Espero que en este pueblo la superstición y la ciencia no se muerdan,— dijo y ahí fue cuestión de esperar a llegar a su momento mas fértil. Se bañó en agua de rosas, se untó con aceite de leche de castor y usó más de lo necesario del ungüento celestial y así arrancó hacia el consultorio. El doctor Romero no la esperaba, no concertaba citas previas.

—Doctor,— le hablo —con todo respeto hacia usted y su familia (punto) Soy una mujer soltera y me gustaría seguir así (punto) Pero sí quiero un hijo (punto) (silencio). Me preguntaba si usted estaría dispuesto a encargarse del caso (punto) —

—Pero por supuesto, — sonrió el doctor frente a la ventana, como si prefiriese mirarla desde lejos, —el placer será enteramente mío, desde cuándo está?—

—Todavía no estoy, — sonríó ella, —por eso le pregunto si me quiere ayudar.—

Lo podía ver pensar y empezar desde el principio. La inseminación artificial no era cosa cotidiana y en la provincia de Dolores no se había implementado ni una vez aun. El doctor Romero asintió como inconcientemente.

—Quiero que sea suyo— le aclaró.

El doctor se sentó. Si todo había funcionado bien, en sus sueños el doctor ya le había dado ejércitos de hijos. Pensaría en el cuerpo de Marta cuando estaba con su mujer y despertaría en sueños mojados como de quinceañeros.

—Cuanto hace que usted piensa en esto? — preguntó para mayor satisfacción de Marta: era una pregunta científica.

—Desde que supe que usted iba a venir y definitivamente después de haber visto a su hijo.—

—Piensa en inseminación artificial?’ preguntó el.

—Quiere decir que accede?— No espero su respuesta, hace rato que sabía que él iba a acceder.

—No,— respondió, —creo que la inseminación artificial daña el alma.— El doctor Romero dijo que, aunque no sabía bien por qué, estaba de acuerdo.

—Quiero un hijo inteligente y saludable. Es todo. Lo criaré bien. El no sabrá que usted es el padre. Nunca lo molestaré con él. Llevará mi apellido. No lo registraré como hijo suyo, nadie lo sabrá. Ni siquiera el niño. Le diré que el padre murió o algo así. Algo inventaré. Le doy mi palabra.—Marta no sabía que el hijo del médico al nacer había sido la mitad de unos mellizos. Siameses. Buena parte de los intestinos los compartían. Había que decidirse en 48 horas. O morían los dos o salvaban a uno.

Marta percato la oscuridad nebulosa bajaba sobre el doctor. Fuese cual fuese la puerta que se había abierto: había que cerrarla.

—En este momento soy fértil,— dijo. El la miró y entendió hacia donde iban. Con un chillido la puerta se cerró y se aceleró su respiración.

—Cuanto antes lo hagamos, mas rápido lo olvidaremos,— dijo ella. El doctor quiso decir no pero su boca gimió, —ven.—