El regreso de Lupe Garcia

(fragmento)

A Lupe le vi las tetas cuando apenas eran unos bultitos puntiagudos. Nuestro primer verano juntos recién había empezado y nunca más me pude sacar los bultitos de la cabeza. En Holanda, decía ella, hacer topless era normal. Cuando El Toco, mi mejor amigo se enteró, se puso a los gritos. Peor fue cuando supo que Lupe además se cambiaba la ropa estando yo presente y que a veces andaba solo en bombacha por el fondo. Las niñas que conocíamos no hacían esas cosas, no si había varones en la vuelta. Las únicas bombachas que veíamos estaban colgadas en los puestos de la feria.

Lo último que me quedaba por ver de Lupe era la parte entre sus piernas y cuando eso sucedió supe que era la mujer de mi vida.
Estábamos en la playa frente a mi casa, podría hasta señalar la roca. Ella llevaba unos pantalones cortos y tenia las piernas arrolladas y así nomás pude ver todo: una rosita como de jamón. Creo que nunca en mi vida se me había parado tanto, hasta me puse pálido.

—¿Vamos al agua? — me preguntó pero si yo me levantaba me iba a enterrar de pija en la arena. A esa edad uno vive las cosas así. Ella entro corriendo al mar.

En Holanda aprenden a nadar en la escuela. Es por la cantidad de canales que hay. Cada holandes corren un riesgo de ocho en diez de caerse al agua algún día, en general, con bicicleta y todo. Se habían hecho estudios sobre el tema. Yo nunca dude de lo que ella contaba. Le dije que acá también había mucha agua pero que nos ahogábamos nomás. Ella no lo podía creer.
Yo pensaba que mientras Lupe se acostaba en mi cama, aunque solo fuese para hablar, leer o dormir, no se metería en la de otro.
Cuando por primera vez besó a un man, uno que no era yo, lo pude soportar pero luego vino el man con el que por primera vez se acostó de verdad. Yo siempre era el primero al que ella le venia a contar. Mantuve la compostura como nunca pero aunque no me acuerdo de muchos nombres de gente de esa época, de ese, recuerdo el nombre y apellido. Durante años le vendí la marihuana mas hongueada que encontraba en casa. A modo de consuelo Lupe me había dicho que con él las cosas eran diferente que conmigo, como si yo eso no lo hubiera entendido.
—¿De que hablan?— Nunca me arrepentí tanto de una pregunta.
—No hablamos, — respondió. Yo me dejaba enganchar a sus
amigas, como un burro a un carro, una y otra vez, resistiéndome, pateando y hasta recibiendo golpes pero en general, entregado.