El regreso de Lupe García



Para todos nosotros


 

# 01  ir a comprar la leche para principiantes

 

El ojo derecho de Lupe ya no se abre del todo. Me di cuenta ayer, cuando la acosté afuera. En la casa durante el día hace mucho calor, por eso es que la puse a la sombra del eucalipto en el médano de enfrente. Ahí por lo menos sopla una brisa.

         Acomodo su colchoneta en la arena y alrededor nuestro huele como si los bosques se estuvieran incendiando. Lupe tiene dolor de cabeza y yo ese dolor lo puedo oler. Huele como a madera quemándose. Dicen que es un don. Es el único don que tengo y para lo único que sirve, es para saber si te están fingiendo un dolor de cabeza.

         La colchoneta es de las pocas cosas que le van quedando de Holanda. No dejes que me duerma, me dice a cada rato. Suena como si me pidiese que no la deje morir pero hasta yo sé que el sueño cura.

 

Hace tres días se enfermó. Sin motivo aparente empezó a vomitar sin parar.  Nosotros nada: la Cubana, el Belga, el Conejo y yo, así que por la comida no podía ser. Menos aún por la bebida: no tomamos ni la mitad de lo que acostumbrábamos, justo porque ella se enfermó. Toda la noche abrazando el balde.

         Ayer llegué tarde. Estaba mirando unas escenas que habíamos filmado al principio del verano y me olvidé de la hora. Cuando quise acordar y miré por la ventana el sol le estaba dando en las piernas. Ya le llegaba hasta los muslos y yo no le había puesto protector. No digo que de haberme acordado me hubiese animado a ponérselo yo mismo, pero le habría pedido a la Cubana que lo hiciese (y me hubiese quedado mirando). De todos modos, las pantorrillas de Lupe se llenaron de ampollitas. Los muslos sólo le quedaron al rojo vivo.

         Era mediodía y acá con estar un rato al sol nomás ya quedás como bife a la plancha, sobre todo en Costa del Diablo. Hay tanta sal en el aire que no es necesario ponerla en la mesa. Antes uno quedaba tostado en una hora, ahora en diez minutos. Dicen que es por el agujero en la capa de ozono. Que acá es gigantesco. Tenemos rayos de sol con efecto microondas. En cuanto al cáncer de piel, estamos entre los primeros diez países del mundo. Lupe dice que el hemisferio sur siempre se lleva la peor parte en todo. Debe tener razón, yo nunca estuve en el hemisferio norte.

         Las pantorrillas de Lupe se iban a pelar, pero ésa no era mi mayor preocupación. El problema era su ojo derecho. Cada vez que se despertaba, se abría menos que la vez anterior.

         Cuando yo me preocupo por algo, siento la voz de mi madre en mi cabeza: —preocuparte no es lo mismo que ocuparte.— La voz de mi madre en mi cabeza, eso sí que es para preocuparse.

         Lupe todavía no sabe que algo no anda bien con su ojo. En la casa siempre había habido sólo un espejo grande. Poco rato después de nuestra llegada acá, sólo quedaban muchos, pero chiquititos.

         —Abrí los ojos, —le dije.

         —¿Para ver qué?

         —Miráme.

         Suspiró, y al fin hizo lo que le pedía.

         Es probable que Lupe tuviera mal aspecto, pero cuando yo la miraba, veía la misma Lupe de siempre. Ella decía que si conocías a alguien desde la infancia, siempre lo seguías viendo como cuando era niño y que eso era razón suficiente para quedarse donde uno había crecido. Cuando le pregunté si era éso por lo que había vuelto, sólo sonrió. Tendría que haber insistido más. Si hubiera sabido la respuesta me podría haber borrado a tiempo.

         —¿Y? —preguntó Lupe y la voz de la Cubana respondió: —Se parece al Cirujano.

         Me sorprendió. No porque no me esperaba que la Cubana estuviese detrás mío, sino porque tenía razón.

         El Cirujano es el presidente nuevo que tenemos. Por primera vez en treinta años un libre pensador. Como todos los presidentes promete muchos cambios pero a diferencia de los demás, tiene un ojo que está como medio cerrado pero el de él siempre estuvo así y el de Lupe nunca.

         No quería darme vuelta para mirar a la Cubana. Con verle la sombra nomás me alcanzaba. Una mano descansaba sobre su cadera, en la otra un cigarrillo. —Voy a la playa— dijo y su sombra se fue alejando. Casi siempre le decimos Cuba.

         Lupe me miró, estaba tan cerca que su respiración me tocaba la piel.

         —Veo bien… —dijo, pero no parecía estar segura.

         Intenté tocarle el ojo. Despacio, porque Lupe siempre retrocede ante la cercanía física. No es por miedo a que le peguen, sino todo lo contrario.

         —Sólo voy a mirar, —aclaré. Coloqué mi pulgar sobre el párpado y lo levanté despacito. —¿Duele? —El ojo se veía normal.

         —Lo que me duele es la cabeza —. Cuando solté el párpado éste se volvió a cerrar más que el otro.

         A lo lejos se veía a la Cubana subiendo los médanos hacia la playa. Llevaba un bikini diminuto y una minifalda que no era mucho más que un cinturón. Tenía las piernas bien bronceadas y unas nalgas como balas de cañón. Yo odiaba la aparente frialdad que mostraba ante el estado de la pobre Lupe, pero todos sabíamos que era lo único que podía hacer. Desde niña ya a Cuba le había tocado encargarse de enfermos crónicos. Ninguno sobrevivió. Terminó convencida de que paciente que ella cuidaba, paciente que moría. Aun así sigue cuidando enfermos con cierta devoción, pero sólo cuando no los quiere.

         —Voy a hacer mandados —le dije a Lupe. Se había acostado, tenía los ojos cerrados. —¿Necesitás algo? —No era necesario que me pidiese aspirinas.

         —Leche —, dijo.

         Pan y queso, apunté. Lupe vive a base de leche, pan y queso. Dice que es el holandés que lleva dentro.

         —Blocs de escribir si todavía los necesitás —dijo.

         Yo había amenazado un par de veces con mandarle una carta a su jefe en Holanda para contarle como estaban las cosas acá. Que tenía que venir a buscarla o algo así. Que en todo caso no le mandara tanto dinero porque al final ella sólo lo utilizaba para matarse. Blocs. Era como si me dijese: dale, empezá a escribir.

 

     Junté los envases vacíos, estaban por todas partes: en la cocina, arriba en las habitaciones y en el patio. Cuando comprábamos refrescos en el Supermercado Alegre, teníamos que entregar los envases porque sino Alegre tenía problemas con la distribuidora. Llené mi mochila y quise seguir con una bolsa de mandados cuando se me ocurrió que el supermercado podía seguir cerrado. Que la Cubana hubiese dicho que estaba abierto, no quería decir que fuese cierto. Ahora que había aprendido a  reír de nuevo, me haría cargar botellas por el balneario por joder nomás. Me puse la mochila al hombro y le eché mano al potecito que teníamos en la cocina. Saqué un poco de dinero y un puñado de tarjetas de teléfono. Nunca sabíamos a cuáles todavía les quedaban cómputos y cuáles ya se habían acabado. El Belga venía bajando la escalera. Tenía un rostro infantil con pecas y un cuerpo que era como de caballo de carga. Aparte de eso, lo único que tenía de belga, era su sobrenombre y los recuerdos de los diez años de infancia que había vivido en Amberes. Exiliado, claro. —La Cubana? —preguntó. Desde que Cuba tenía dentadura nueva, andaba atrás de ella como uno de esos misiles que se orientan por el calor.

         Le dije que prendiera la bomba, que apenas había agua en el tanque. Levantó sus brazos y dijo —¿Cómo? –Ni que fuese mi culpa que se hubiera quemado los brazos. Desde los dedos hasta los codos, quemaduras de segundo y hasta tercer grado. Es lo que ocurría cuando uno trataba de hacerse el héroe.

         —Fue a la playa, —dije.

         La bomba era una mierdita eléctrica en el fondo del aljibe, detrás de la casa. Si prendías una llave en la cocina, la mierdita empezaba a bombear la poca agua que había en el pozo hacia el tanque en el techo de la casa. Si en dos minutos no apagabas la llave, la mierdita se quemaba porque sin agua el motor no se enfriaba. Si seguías sin apagarla, empezaba a salir humo del aljibe. Entonces la bomba se convertía en una masa de plástico y metales fundidos y no quedaba otra que tirarla a la basura. En cuanto al agua: sólo era potable para los amantes del gusto a industria chamuscada.

         Una vez le dije a Lupe que de todas las cosas que yo conocía, esa bomba era lo que más se le parecía. Entonces qué es el agua, preguntó ella.

         —Yo. – Respondí.

         Hablando de malos augurios: Ese verano ya habían sido dos las veces que vimos salir humo del pozo de agua.

 

     Dejé que Lupe leyera lo que escribí hasta ahora. Dice que me fui mucho por las ramas. No va a ser la única vez que eso suceda, ni que hablar de los demás errores que puedo cometer. Lupe prometió ayudarme. Yo no soy ningún relator: soy barman. Especializado en cócteles y whisky. Para los primeros tengo un diploma: cócteles i. Lo segundo lo bebo yo mismo y es por eso que en general me despiden de los trabajos. Siempre me dicen que el problema no es que yo beba, sino que nunca sé cuando parar.

         Lo único que como barman nunca perdí, fue las hemorroides: el mal de los que trabajan de pie y beben demasiado. Lupe sí que sabe relatar, es cineasta, en realidad, con diploma, talento y reconocimiento internacional. Lástima que ahora no sirva para nada.

 

 

# 02  supermercado alegre

 

     Desde lejos se veía que debajo del cartel despintado de Supermercado Alegre, las cortinas metálicas estaban levantadas. Los cajones de verdura ya no estaban cubiertos con bolsas de arpillera como en los días anteriores. Desde la sombra, como siempre, los pies hinchados de Alegre se asomaban al sol pero ahora acompañados de muletas.

         Al lado de él estaba la rejilla con diarios y revistas. Me saludó contento considerando la paliza que le habían dado, su cara presentaba todo tipo de tonos azules. Quizás la alegría se debía a que había sobrevivido a la salud pública.

         —¿El médico te deja trabajar?— le pregunté.

         Dijo que su médico era puto y que él tenía un negocio que mantener funcionando aunque en ese negocio no funcionaba ni el ventilador. Era de esos supermercados donde no importaba qué era lo que uno iba a consumir: siempre tenías que controlar la fecha de vencimiento del producto que fuese, pero para éso uno tenia que saber en qué fecha vivía y con Lupe en la vuelta yo no tenía ni idea.

         Quise darle una palmadita en el hombro a Alegre, pero con un pequeñísimo gesto él me detuvo. Aparto un poco su camisa para que yo pudiera ver lo que había debajo: le habían puesto algo como una faja, parecía de yeso.

         —Te convirtieron en princesita,— le dije.

         Apretando la mandíbula gruñó: —Y eso que no me viste los huevos.— Dijo que no podía caminar, que apenas podía levantarse de la silla sin ayuda.

         —Si me caigo,— dijo, —muero como una tortuga.— La mayoría de las cosas me las tenía que repetir porque de una vez era imposible entenderlo.

 

     La mayor parte de su vida Alegre había sido soldado y siguió siéndolo después del golpe de estado. Nunca tuvo un rango mayor que el de obedecer a ciegas, así que cuando le ordenaron cavar un pozo de dos metros de largo y uno de profundidad, él cavó. Cuando tiraron el cuerpo al pozo, él lo cerró y cuando los pozos hacia el final de la dictadura tenían el doble de profundidad, él cavaba más.

         Poco después de las últimas elecciones, se arrimó a la prensa. Debió de haber pensado, como la mayoría de nosotros, que ahora teníamos un gobierno en el que se podía confiar, uno que en todo caso, se encargaría de que los criminales de la dictadura fuesen llevados a juicio.

         —Yo enterré a Elena Q,— dijo –, puedo señalar dónde.

          Elena Q. había sido maestra y estaba desaparecida desde hacía veinte años.  Aun escribían su nombre en los muros de la ciudad. La conocían a nivel internacional. Cuando un comando la vino a buscar, ella les ganó en los cien metros llanos. Fue la primera en llegar a la embajada de Venezuela, saltó la verja y gritó: —¡Asilo! ¡Pido asilo!

         Nuestros militares no podían pisar el jardín de la embajada, pero cuando se trataba de nuestra gente, en esa época hacían lo que se les daba la gana. A los casos problemáticos se los llevaban a hacer un vuelo sobre el mar y los únicos que volvían eran los pilotos. Después a eso le decían los vuelos de la muerte. En cuanto a las fronteras internacionales, ya habían matado a un socialista en Paris y a un médico en Santiago así que a la embajada de Venezuela entraron como quien viene a buscar su pelota. 

A Elena Q. la arrastraron de brazos y pies de vuelta a  nuestro territorio. Desde una ventana del segundo piso el embajador de Venezuela estaba a los gritos pero eso no la pudo salvar. Venezuela rompió las relaciones diplomáticas con nosotros y de Elena Q. nunca se supo más nada, hasta el día en que Alegre con el pelo bien peinado para atrás, habló ante las cámaras: —Ya estaba muerta cuando la bajaron del auto. Nosotros le echamos cal por encima. Eran órdenes.

         El juez quiso que la declaración la hiciera en el juzgado. Hasta la prensa española había llegado al supermercado; y orgulloso y valiente Alegre les aseguró a todos que él iría al juzgado, que ya era hora que la justicia en este país madurase.

         Le había errado a la hora y lo único que parecía maduro al punto de reventar era su propia cabeza. Unos días después de salir en la tele, cuando estaba cerrando el negocio, le dieron una paliza que casi lo deja muerto.

         El portavoz de la policía declaró que todavía no sabían porque había sido atacado el ciudadano B. Alegre. No se descartaba el hurto. ‘Ciudadano’ le habían dicho. Acá cuando te llaman así, en general es porque te van a quitar algo.

         Alegre no podía declarar ante el juez porque no podía levantarse de la cama. Del juzgado mandaron unos peritos al hospital para tomar su declaración pero articulaba de modo tal que resolvieron usar las grabaciones de los programas de televisión. No creo que fuera por lo comodidad de la justicia, porque cuando yo mismo hablé con él frente al supermercado, no se le entendía nada y eso fue bastante después a su debut con la justicia.

         Dijo que habían sido dos hombres. Quizás tres. Él estaba cerrando el negocio y le habían dado tantos golpes durante tanto tiempo que optó por morder el pedregullo para distraerse del dolor. Le habían quebrado un brazo y dos costillas, dos otras se habían fisurado y la cabeza la tenía como si la hubiesen usado para jugar al fútbol. Había perdido un par de dientes, dijo, pero por la hinchazón no se podía ver.

         Tupamaro hijo de puta, les escuchó decir antes de que le rompieran un tímpano. Lo último que dijo ante la cámara fue: —Los héroes solo pueden existir si existen los cobardes.

         Que él pudiese señalar el lugar donde habían enterrado a Elena Q., no era del todo cierto, porque el lugar estaba en una base militar (la número trece) y ahí, a pesar de la libertad de prensa y la democracia, no podían entrar los ciudadanos, y mucho menos para señalar pozos.

         —Be duede dodo,— dijo. Todo. Le dolía todo. ‘Bedo  be gedo dode edtoy.’ Él se quedaba donde estaba. Que no se pensasen que lo habían achicado. Se lo decía a todo aquel que quisiese escuchar.

         Uno de los diarios lo usó como titular: que no se pensasen que a Alegre lo habían achicado. Pero uno lo ponía en tela de duda al ver que los escombros en que se había convertido tenían poco de ser humano.

Viéndolo ahi: vuelto escombros, yo dudaba.

         —Tengo que hacer una llamada,— le dije y cuando pareció sonreírme, me fui a la cabina de teléfono. 

 

     Mi madre estudió enfermería y yo esperaba que me pudiese dar algún consejo sobre qué hacer con Lupe. Pedazo de idiota. Había un solo consejo que me pudiera dar y en realidad ya lo sabía: ir al médico y de urgencia.

         —¿Dónde estás?— me preguntó ni bien había pronunciado mi primera sílaba.

         —Con Lupe— le dije.

         —Tenés que estar acá, no con ella. Estuvo Sophía, el primero de julio me pasan a remate. Ya fijaron fecha. Tenés que hacer algo, no podés seguir papando moscas.

 

     Lupe ahora también leyó hasta acá. Dice que tengo que explicar qué es papar moscas: que acá eso es una expresión, pero ninguno de los dos sabemos de dónde viene.

         —¿En serio estuvo por ahí?— pregunté. Sophia ya evitaba encontrarse con mi madre antes del divorcio, después evitaba tener que pasar por su calle.  

         —Mandó una carta. De su abogado.

         —Entonces, ¿estuvo?

         —Tengo la carta, ¿no?

         Sophia y yo logramos quedarnos juntos lo suficiente como para que naciera nuestra hija: Sofi. Si yo me atrasaba mucho con la pensión alimenticia Sophia me echaba al abogado y cuando él se ponía muy sanguinario, mi madre me prestaba dinero. Al conseguir trabajo lo primero que hacía era saldar la deuda con mi madre y ahí me volvía a atrasar con la pensión alimenticia. Espiral descendiente le dicen; uno debería saber qué hay al final para ver si tiene sentido seguirle las vueltitas o dejarse caer en picada.

         Escuchaba cómo mi madre inhalaba humo, probablemente de un porro.

         —¿Cuándo venís?— preguntó y juró que me iba a matar.

         —El ojo de Lupe no abre bien,— le dije, —que puede tener?

         —¿Qué ojo?— No esperó mi respuesta. –Que vaya a un médico. Ya es una mujer, Felipe, tu hija te necesita. Y tu madre también. ¿Le duele la cabeza?—

         —Si— dije.

         —Anduvo la policía por acá,— suspiró mi madre, como cuando dice algo que se ha estado guardando. —¿Lupe tiene algún problema? Preguntaban por alguien de Holanda.—

         Sólo habían tocado el timbre en la casa de adelante. Mamá no había hablado con ellos así que no sabía bien de qué se trataba. Cuando había policía en la calle ella siempre trancaba todas las puertas. Si entraban al patio interior teníamos que tirar toda la marihuana por el inodoro. Lo habíamos hecho en dos ocasiones. Cuando la policía se iba, además de dejarnos sin mercancía, se nos tapaba la cañería.

 

     La primera vez que se llevaron presa a mi madre, yo era sólo un bebé. Ella todavía no fumaba pero sí era de izquierda y no se dejaba tapar la boca. Gracias a su padre la cosa no pasó a mayores. El napolitano le decían. Mi abuelo. Si me viera en la calle seguro que no me reconoce. Mi madre había repartido folletos con ideas libertarias en la universidad. Una llamada telefónica de él fue suficiente para ponerla en libertad.

         La segunda vez que se la llevaron, iba por el barrio con un cochecito [de bebé] lleno de prensa ilegal. Encima iba yo ensuciando mis pañales. Esa vez ya habían dado el golpe de estado y el napolitano tuvo que ir en persona a la comisaría para que la dejaran salir.

         La tercera vez demoró bastante más en volver: un par de días. Ya la habían llevado a las barracas afuera de la ciudad. Cuando le preguntó a su padre que porqué había demorado tanto, éste le dijo que para que aprendiera la lección: o terminaba con esa pelotudez izquierdista, o la próxima vez la dejaba reventar. Mamá sólo cuenta eso cuando bebió demasiado.

         —Mirá, ella se lo busca— dijo mi madre en el teléfono refiriéndose a Lupe y ahí me preguntó que a qué hora pensaba llegar a casa. Podía no tener idea de lo lejos que estaba yo de casa pero seguramente adivinaría que andaba sin un peso y con el tanque vacío.

         Antes mi madre siempre decía que Lupe era la única de todos nosotros, que valía la pena. “Nosotros” éramos la Cubana, el Belga y yo, pero en realidad casi todos los buenos amigos que alguna vez tuve. Inútiles que sólo servían para hacer bulto, decía, y ahora Lupe era una de “nosotros”.

         Me fijé en la posición del sol. Alegre escuchaba mi conversación mirando hacía la calle, siempre lo hacía asi cuando uno utilizaba la cabina.

         Mi madre seguía rezongando y amenazando que se iba a matar o que me iba a matar a mí, o las dos cosas.

         Cuando se detuvo para inhalar humo le pregunté —¿Qué puede tener?

         —¿Quién?—

         —Lupe, ma. Tiene el ojo a medio cerrado. En serio. Me preocupa.

         —Yo que sé— rezongó. –¿Recibió algún golpe?—

         —No,— dije y quise darle una descripción pero no pude decir más que: –Su ojo…

         —Anastasia estuvo por acá. Andaba buscando al Belga. ¿Él está con ustedes? —. Estaba preocupada.

         —Sí, está acá, sí.

         —¿Dijiste que tenía el ojo cerrado?

         Asentí. –Medio cerrado.

         —¿Quizás tiene una infección?

         —No está nada rojo.

         Mi madre suspiró. – ¿Y puede ver? Tienen que ir al médico. Y vos tenés que venir a casa. ¿Dónde es que estás?

         —¿Viste a Sofi?— pregunté.

         Siempre que pronunciaba el nombre de Sofí me daba una sensación como de que ella iba a aparecer, pero como eso nunca sucedía, al nombrarla la extrañaba más. Tiene ocho años, mi hija, casi nueve y la veo poco. Mi madre no la ve nunca y más de una vez me dijo que yo sólo pregunto por Sofí para dármelas de buen padre. Yo igual seguía haciéndolo.

         —Si el pelotudo ése está ahí, vos te podées ir, ¿o no?— El pelotudo era el Belga. Mi madre empezó de nuevo sobre mis responsabilidades y mi falta de huevos mientras iba subiendo el volumen. Me recosté contra la cabina pensando que no debería haberla llamado.

         —Tengo que cortar,— dije –está enferma en serio.— Ya tenía el dedo listo para colgar.

         —¡Yo también estoy enferma!— gritó mamá. —¡De tristeza! ¡Te venís hoy! ¿Me oíste?—

         Mi madre no es mala persona, pero al teléfono es como un mono con una metralleta.

 

     Alegre leía el periódico o simulaba hacerlo y yo entré al negocio. Le pedí queso a una de sus hermanas y mientras ella se disponía a cortarlo como en cámara lenta, noté que Supermercado Alegre ahora también ofrecía pajitas. Andábamos todos con la nariz irritada, hasta infectada supongo, quién sabe. La doña interpretó mal mi mueca de alegría.

         —Es la única manera de que pueda ingerir alimentos— me explicó. Tomé un paquete de cien pajitas de colores diferentes y me fui hacia donde estaban la leche, el pan y los blocs de escribir.

         Al volver a pasar cerca de la puerta, asomé mi cabeza por el mosquetero y le pregunté a Alegre: —¿Qué día es?

         —A ver vení— dijo y me miró. Era difícil ver si sonreía o si estaba molesto, en realidad tenía cara de que le estuvieran haciendo una revisión interna.

         —¿Cómo andan las chicas?— preguntó. Levante los hombros como si no pasara nada y le dije que a las chicas como ellas siempre les iba bien.

         —Es viernes— dijo y me dio el diario. –Día de acción.

         Pensé que se refería a que era fin de semana: a bailar y tomar, pero no era ésa la acción que Alegre tenía en mente.

         Cuando le quise devolver el diario me dijo –Quédatelo— y me miró así como profundamente.

         Le contesté que leer periódicos nunca había sido lo mío y le dí cien pesos. Que era hora de empezar, me contestó. Abrió su monedero y con dedos torpes y lentos buscó monedas para darme el vuelto.

         —¿Lo vas a leer?— preguntó y al final le hice una venia con el diario, como diciendo que por supuesto. –Esas chicas van a valer su peso en oro— susurró. –Fijáte en la página ocho.

         Empecé a pasar las páginas y cuando llegué a la octava quedé petrificado. Una foto de Lupe. De frente, los dos ojos bien abiertos. Era la que se había sacado para el pasaporte holandés. En un recuadro estaban sus datos: nombre, edad. Que era periodista y que regularmente iba acompañada por dos hombres y una mujer. Se solicitaba ponerse en contacto con las autoridades si se conocíael paradero de dicha ciudadana.

 

     La madre de Lupe dice que los hijos siempre tratan de repetir lo que hicieron los padres. Siempre reparte ese tipo de sabidurías comprobadas, pero que nunca comprobó: que no se puede ayudar al que no quiere ayuda, que todo lo que sube tiene que bajar, y que al final cada uno tiene que cuidarse a si mismo. En esto la madre de Lupe y la mía son muy parecidas. A veces no sé cuál de las dos es la voz que enuncia sabidurías en mi cabeza. De mi padre no sé mucho y lo cierto es que Lupe, del de ella, tampoco.

         La madre de Lupe se llama Magdalena, pero le decimos Terapia. Cuando uno le preguntaba algo, nunca te daba una respuesta, sólo un análisis de porque vos le preguntabas lo que le preguntabas en el momento en que lo hacías y porque a ella y no a otro. Ni bien Lupe aprendió a caminar la mandó a un sicólogo. Eso fue poco después de que a su padre lo metieran preso. Por entonces todavía vivían acá. Después se fueron a Argentina, donde también hacían terapia, y luego a Holanda donde consiguieron un terapeuta que hablaba español. Recién cuando volvieron de nuevo para aquí, y no mucho después de llegar, Lupe tiró su siquiatra al mar. Así decimos acá cuando nos deshacemos de algo que nos tiene podridos. En Holanda, dice Lupe, a ese tipo de cosas las cuelgan de los sauces.

         Su madre era una papa frita, decía, pero en cuanto a eso de que los hijos tienden a repetir lo que hicieron los padres, bien podía ser que la papa frita tuviese razón.

         Nuestros padres habían salido casi todos en el diario; durante la dictadura no había que hacer grandes méritos para conseguir el cuarto de hora de fama. Con poca cosa terminaban de frente y de perfil en la sección de requeridos. Los describían como elementos subversivos dispuestos a desestabilizar el país. Todos ciudadanos, algunos peligrosos y armados. Lupe, de frente en el diario, tenía treinta y tres años, uno menos que yo.

 

     Alegre apretó el puño y lo quiso levantar pero el dolor lo detuvo. Cerré el diario, levanté la mochila y me fui apurado. La avenida Bolívar estaba desierta Costa del Diablo al mediodía. Ni las moscas se mueven. Tropecé con mi propio pie y caí de rodillas en el pedregullo. Alegre se rió afónico. —¡Corré marica, corré! —gritó. Me levanté y empecé a trotar.       

         La ciudadana Guadalupe García es la mujer que amo. Ella dice que no diga bobadas, que yo no sé amar. Si le pregunto que cómo sabe eso dice: porque te conozco.

 

 

# 03  mi pene

 

     La última vez que Lupe volvió, fue en el año de las elecciones. Toda la ciudad estaba empapelada con afiches de los partidos políticos. No importaba lo que uno estuviera haciendo, siempre había algún candidato que te sonreía desde un cartel.. Eran tres: un cirujano de izquierda, un abogado de derecha y otro abogado de derecha.

         Yo estaba viviendo en lo de mi madre, temporalmente, claro. La mujer con la que yo había convivido los últimos años descubrió que había otra, muy joven, con la que yo a veces dormía una siesta. No pasó mucho tiempo antes que la una diera con la otra. A veces este país es como un pañuelo. Quedaron en verse, una reunión de promoción, decía yo, porque de ahí me promovieron al entrepiso de mi madre, que era otro de los lugares en donde yo trataba de quedarme en la cama el máximo tiempo posible. Permanecer echado es quizás mi segundo talento. Cuando bajaba la escalera me veía obligado a escuchar toda clase de variaciones sobre un mismo tema: que yo era un desastre, un zapallo y un inútil.

         Mi madre tenia una clientela para la puerta del frente, y otra para la puerta del fondo. Por la del fondo en general los clientes aparecían después del atardecer, eran hippies silenciosos que venían en busca de marihuana. Por el frente empezaban a venir desde las ocho de la mañana: mujeres que se tenían que depilar. Cada treinta minutos hacían sonar el timbre. Una clienta se retiraba y la otra entraba y el living se convertía en un gallinero. Mientras mi madre las depilaba sólo se escuchaba un suave murmullo y de vez en cuando un chillido, de no ser que le tocase a Lupe porque cuando la depilaban a ella gritaba como si la estuvieran descuartizando. Mi madre siempre decía que Lupe era una exagerada.

         Lupe leyó hasta aquí y dice que tengo que explicar cómo es eso de las depilaciones. Se unta la piel con glucosa (dice que tengo que decir que se trata de glucosa casi a punto de hervor), se presiona una tira de tela o goma sobre el lugar untado y luego ésta se arranca de un tirón, en dirección contraria al crecimiento del pelo. Los pelitos salen enteros, con raíz y todo. Yo aprendí a hacerlo cuando a mi madre se le ocurrió que tenía que ayudarla con ‘la empresa’, pero no había mujer que se dejase atender por mí y eso de depilar hombres a mí no me iba. Quedaba sólo lavar el material.

         Eso se hacía así: metías las tiras de goma, pegajosas de glucosa y pelos, en latones con agua caliente. Las dejabas en remojo, de vez en cuando revolviendo con una caña hasta que los pelos quedasen flotando en el agua azucarada. Sacabas las tiras del remojo y las ponías en el lavarropas. Lo más importante, en realidad, era huirle a la tarea.

         Yo estaba escuchando el ir y venir de clientas y trataba de dormirme o de permanecer dormido. Se abrió la puerta de adelante. Alguien que tenía las llaves había entrado. Seguro sería mi hermana. Era más joven que yo pero tenía trabajo y pareja. Hasta tenía una habitación propia y una computadora que sabía usar. Yo nunca la veía. Ella a mí sí. En la calle. En general cuando yo estaba vendiendo marihuana. En esos casos yo prefería que no me viera. Sonó el teléfono y mi madre atendió. Saludó alborotada y me dí cuenta enseguida que la que llamaba era Lupe y que había vuelto. Salté de la cama y traté de encontrar un calzoncillo en la pila de ropa limpia.

         Lupe había vuelto muchas veces y uno aprende a reconocer los sonidos del regreso; y eso que fueron muchas mas las gentes que se fueron, que las que volvieron. A mi mamá le iba bien, a mi hermana le iba bien y a Lupe también; en cuanto a mí: ‘no había cambiado nada.’

         Antes Lupe siempre nos avisaba cuando venía. Entonces su abuela le organizaba una fiesta de bienvenida y un montón de gente la iba a recibir al aeropuerto. Pero como se seguía yendo y volviendo, el comité de bienvenida se fue achicando. No sé cuándo fue que dejó de anunciar que volvía. Decía que era mucho alboroto y que ella conocía el camino a casa, que era más cómodo si desde el aeropuerto ella se venía en un taxi. Para mí que ella temía que llegase el día en que nadie la fuese a recibir. Lupe prefiere mantener sus derrotas en mano propias.

         Doña Claris se enteraba de que su nieta había vuelto cuando aparecía un taxi del aeropuerto frente a su casa. Son unos Mercedes color crema. Ahí salía corriendo a la calle, seguida por alguna empleada, personal médico y quien estuviera de visita en la casa. Terapia siempre se enteraba por teléfono. La llamaban al trabajo y le era imposible venir así que le daba la bienvenida a Lupe por teléfono y en general con un sermón sobre la libertad y que la de Lupe terminaba donde empezaba la de los demás y que había gente en el mundo que cuando tenía compromisos laborales los cumplía. A mi también me llamaba por teléfono al llegar y en general yo arrancaba enseguida para la casa de su abuela porque la libertad de ella era la mía o por lo menos así lo sentía.

         Ésa es otra de las cosas en las que nuestras madres se parecen: cuando hablan de gente, se refieren a si mismas, y nunca pierden la oportunidad de considerar la peor de las posibilidades. Cuando Lupe dijo que quería ser periodista, sin saberlo la una de la otra, dijeron lo mismo: ‘Que haya aprendido a hablar español de la calle, no quiere decir que lo sepa escribir.’ Lupe era pésima en ortografía: —García no coloca acentos,— dijo un profesor una vez, —García los esparce.

         Su primer trabajo periodístico fue algo que ella llamaba un artículo de fondo. Me pidió a mí y a su abuela que lo corrigiéramos. Después de que escribió todo de nuevo metió sus hojitas en una carpeta adquirida especialmente para la ocasión y se fue a la oficina de uno de los diarios más grandes del país. El artículo era sobre Holanda y sobre el tiempo que había vivido ahí en el exilio. Llegó a hablar con uno de los editores pero a ese no le interesó el contenido de la carpeta. Lo que sí le pidió fue que se desabrochase la camisa y cuando ella se negó, él le dijo que quizás mejor fuera a hablar con algún diario que tuviera un suplemento femenino.

        

     A Lupe le vi las tetas cuando apenas eran unos bultitos puntiagudos. Fue al comienzo de nuestro primer verano juntos y nunca más me pude sacar los bultitos de la cabeza. En Holanda, decía ella, el topless era normal. Cuando el Toco, mi mejor amigo se enteró, se puso como loco. Peor fue cuando supo que Lupe además se cambiaba la ropa estando yo presente y que a veces andaba sólo en bombacha por el fondo. Las niñas que conocíamos nosotros no hacían esas cosas, mucho menos en presencia de varones. Las únicas bombachas que veíamos eran las que estaban colgadas en los puestos de la feria.

     Lo último que me quedaba por ver de Lupe era la parte que había entre sus piernas y cuando eso sucedió supe que era la mujer de mi vida.
Estábamos en la playa frente a mi casa, podría hasta señalar la roca. Ella llevaba pantalones cortos y estaba sentada con las piernas plegadas y así nomás pude ver todo: una rosita como de jamón. Creo que nunca en mi vida se me había parado tanto, sentía que iba empalideciendo.
        

     —¿Vamos al agua? – preguntó. Yo sabía que si me levantaba, me iría de pija en la arena. A esa edad uno vive las cosas así. Ella entró corriendo al mar y yo me quedé sentado.

     En Holanda aprenden a nadar en la escuela. Es por la cantidad de canales que hay. Ocho de cada diez holandeses corren el riesgo de caerse al agua algún día, y en general con bicicleta y todo. Se habían hecho estudios sobre el tema. Yo nunca dudé lo que ella contaba. Le dije que acá también había mucha agua pero que nos ahogábamos así nomás. Ella no lo podía creer.
Yo pensaba que mientras Lupe se acostase en mi cama, aunque solo fuese para hablar, leer o dormir, no se acostaría en la de otro.
         Cuando besó a un man por primera vez, uno que no era yo, me lo aguanté. Luego llegó el man con el que se acostó de verdad por primera vez. Yo, como siempre, era el primero al que ella le venia a contar. Mantuve la compostura como nunca pero aunque casi no recuerdo un nombre de aquella época, de aquel sé hasta el segundo apellido. Durante años le vendí la marihuana más hongueada que encontraba en casa. A modo de consuelo Lupe me había dicho que con él era diferente, como si yo no me hubiera dado cuenta.

         —¿De qué hablan?— Nunca me arrepentí tanto de una pregunta.
         —No hablamos — respondió. Yo me dejaba enganchar a sus amigas, como un burro a un carro, una y otra vez, resistiéndome, pateando y hasta recibiendo golpes, pero en general, entregado.

 

     Mi madre me llamó cuando yo ya venía bajando la escalera corriendo, apenas sospechando que el calzón que me había puesto bien podía no ser uno de los míos. Los perros me miraron desafiantes. No sé porque mi madre siempre tiene que tener por lo menos media docena de caninos. Sólo conmigo se hacían los guardianes.        Golpeé la puerta al dormitorio. Al abrirse apareció mi madre que seguía al teléfono.

         —El espíritu salió de la botella –dijo.

         Desde el tubo, se escuchó la voz de Lupe exclamando mi nombre. 

         —Acá está con una tanga de la hermana, —dijo mi madre. Manotee el tubo. Que no la hiciera muy larga, dijo mamá, esperaba llamadas y yo tenía que estar vestido antes de que viniera la próxima clienta. Cerró la puerta y el cable quedó trancado de tal manera que para poder hablar tenía que bajar la cabeza.

         —¿Lupe? –dije. Me encantó volver a pronunciar su nombre. Quizás debería hacerlo mas seguido, estuviese ella o no.

         —Gonorrea — respondió. – ¿Nos vemos en el camino?

         Vernos en el camino significaba que ella venía para mi casa y yo iba para la de ella y que en alguna parte de la avenida nos íbamos a encontrar.

         —¿Viniste sola? –

         —Me quedo más tiempo esta vez, —dijo –vengo a filmar.

         —¿Cuánto te quedás?

         —Un par de meses.

         —¿Filmar? – le pregunté –¿Estás en lo de tu abuela?—

         —Una documental —dijo.

         Me puse la ropa que encontré, pasé por al lado de los latones llenos de glucosa y pelo y me escurrí por la escalera de afuera, que llevaba al patio interior. Éste apareció cuando mamá hizo construir la casa del fondo. Vivir en el fondo le permitía alquilar la casa de enfrente y con eso y las depilaciones nos pudo criar a mi hermana y a mí con una comida caliente al día por lo menos. Ninguno de sus dos maridos le pasaba un peso de pensión alimenticia. La llena de orgullo haber hecho las cosas así pero si alguno de los dos se aparece por el patio, seguramente le prende fuego.

         Bajé la moto del pie y la empujé llevándola hasta el portón. Es una Bajaj negra del 85. Hay gente que dice que es verde oscura pero es negra nomás. Una vez en la calle encendí el motor y antes de que mi madre se diera cuenta salí con el acelerador al mango.

 

 

# 04  completo

 

     La primera vez que vi a Lupe, fue en el hall del liceo público N° 31. Estaba con su mamá frente a la ventanilla de la administración [bedelía?]. Era primavera, yo tenía quince años y venía llegando tarde. En la entrada me iban a hacer problemas; ahí siempre estaban las adscriptas para asegurar que todos cumpliéramos con las reglas. Eso había empezado durante la dictadura. Su tarea principal consistía en asegurarse de que todo el que entrase a clase estuviese completo. Así le decían. Cada vez que escucho esa palabra vuelvo a ver los bancos del liceo. Completo quería decir que llevabas una camisa celeste con una corbata roja sangre. Los varones un pantalón gris y las chicas una pollera del mismo color hasta la rodilla. A nosotros el pelo no nos podía tocar el cuello de la camisa, ellas no podían llevar ni una mechita suelta. La cuestión era las orejas: tenían que estar siempre visibles, como si fuésemos tazas de té.

         Si Lupe y su madre no hubiesen estado ahí ese día, King Kong seguro que me habría interceptado porque llegar a tiempo era una de las condiciones para estar completo. En los años de gloria de la dictadura, cuando apenas quedaban profesores, a King Kong la autorizaron a que diera matemáticas [aunque en realidad era sólo adscripta.] Lo que le faltaba en didáctica, lo compensaba con disciplina. Decía ser autodidacta y lo pronunciaba como si fuese un titulo de honor. Aun cuando le otorgaron el titulo de docente, en los recreos la veías en la puerta controlando a quienes entraban.

         El uniforme lo habían impuesto los militares así que cuando la dictadura se terminó, también se tenia que acabar eso de andar de mono disfrazado. Fue un primero de noviembre. Me acuerdo como si fuese hoy. La noche anterior fue la primera vez en la vida que pude elegir lo que me iba a poner para ir a clase. Por poco pierdo la cabeza.

          Salí demasiado temprano de casa con una remera de Bob Marley que había pintado yo mismo. El uniforme lo llevaba en una bolsa porque supuse que al final del día los prenderíamos fuego o los tiraríamos al mar o ambas cosas. Al entrar a la cuadra del liceo mis championes pisaban las baldosas con la seguridad de quien sabe que lo que está haciendo es bueno. Vi un par de alumnos de uniforme, idiotas me dije, imbéciles que no estaban al tanto de los cambios. Cuando llegué al patio del liceo, se abrió un mar de camisas celestes y cabezas como tacitas de té. Vi al Toco que se me acercaba, venía todo completito.

         —C…c…c…creés que t…t…te van a d…dejar e…e…entrar? – El Toco era tartamudo.

         —Se puede —respondí y seguí buscando con la mirada a lo largo de las rejas del liceo. Nadie había venido sin uniforme, nadie, y aparentemente lo dije en voz alta porque el Toco respondió: —S..solo no..no.. nosotros. —Se desabrochó la camisa. Debajo tenía una remera de Wanderers, su club favorito. Se sacó los zapatos de dos patadas y sacó un par de championes de su portafolio. Con unos movimientos que apenas pude seguir, se transformó en un chico de la calle. El portafolio volvió a cerrar con un clic. La punta de la corbata aun asomaba como si fuese la lengua de un bicho que acababa de matar.

         Subimos las escaleras hacia la entrada. Había tres adscriptas en la puerta, respaldadas por King Kong. –Ni lo piensen— dijo ésta.

         Toco quiso decir que se podía, que la ley nos avalaba y un montón de otras cosas que terminé diciendo yo por él porque nunca salió de la primera sílaba. Si no nos dejaban entrar, exigíamos hablar con el director.

         Podíamos preguntarle si tenía tiempo, dijo King Kong, pero para eso íbamos a tener que pasar por la puerta.

         Yo adelanté un paso pero ella no se movió. Tenía los brazos cruzados, en casi todos los dedos brillaban uno o dos anillos. Yo en realidad no tenía ningunas ganas de hablar con el director,  era un coronel retirado o algo así. Lo habían colocado de director después del golpe de estado y quedó hasta que la dictadura se terminó. Cuando la democracia empezó a limpiar la enseñanza, él voló de su despacho, pero en ese primer día, seguía ocupando su puesto como un hongo en un lugar húmedo.

         Los alumnos se habían acercado hasta los primeros escalones.

         —Usted no nos puede negar la entrada —le dije a King Kong. Ella me dió un empujón que me hizo chocar contra el Toco.

         Si quería entrar al liceo tenía que estar completo y ese día no me iba a dejar entrar ni que me pusiera una corona.

         Me anotó la inasistencia, señaló al Toco y le dijo: —Y vos tampoco. — Yo me estiré la remera y volví a acercarme, pero antes de que pudiera abrir la boca, me anotó una segunda inasistencia.

         —Mañana tampoco vengas. ¿Seguimos?

         Toco me puso la mano en el brazo. Yo ya tenia tantas inasistencias que lo que peligraba no era repetir el año, sino si me dejaban seguir de alumno en el liceo. Dudé un momento. La mirada de King Kong hubiera sido suficiente para mandarme a casa pero las risitas de mis compañeros me detenían. Me empujaban a seguir adelante, no para verme ganar: por el contrario. Si yo perdía podían consolarse sabiendo que por lo menos no habían sido tan estúpidos como yo. Tras doce años de dictadura, de solidaridad, no quedan ni las migas. Me di vuelta y me fui.

         Cuando a los dos días volví al liceo, las sonrisitas estaban ahí para saludarme. King Kong me miró como a cualquiera, como si nada hubiese sucedido. Yo estaba completo quebrado y todo.

         No era la primera vez que perdía, ni siquiera era la primera que lo hacia aunque fuese injusto. Sí era la primera vez que lo hacía ante los ojos de todos mis amigos y enemigos. A nadie le debería suceder eso, no a esa edad.

         La democracia sobrevivió los primeros días y los exilados empezaron a volver. King Kong seguía dando matemáticas pero ya no la encontrabas en la puerta. Por no estar completo ya no te podían negar la enseñanza. Supongo que para ella el asunto había perdido toda gracia.

 

     Cuando vi a Lupe y a su mamá en el hall del liceo, King Kong se había ubicado cerca de ellas. Terapia estaba en la ventanilla hablando con quien la estaba atendiendo, a sus pies tenía un portafolios plateado. Lupe era la única que miraba hacia donde estaba yo. Supe enseguida que era una exiliada que volvía, retornados les decíamos. Tenia un saco de tweed* hasta la rodilla. Unos jeans debajo y al final unos championes de basketball amarillos, uno con cordón azul, el otro con cordón rojo. King Kong tenía que estar flipando. Hacía girar frenéticamente los anillos de sus dedos.

         La empleada detrás de la ventanilla lamentó la falta de algún documento de identidad y Terapia, con voz de sicólogo en su consultorio, le dijo que la cédula estaría pronta en dos semanas y que dejaran que la niña fuera a clase. —Y sino, exijo hablar inmediatamente con el director— dijo. A mí Terapia me cayó bien enseguida.

         Si me apuraba y King Kong no se daba vuelta, podía pasar por el hall sin que me viera. Lupe me sonrió y yo no me apuré pero King Kong ni se interesó por mi. Había encontrado mejor presa.

 

# 05  retornados

 

     La primera hora teníamos idioma español, a la profesora le decíamos la María, un poco porque se parecía a la imagen de la virgen, otro poco porque en su clase estudiábamos la Biblia, pero sobretodo porque su hijo, un anarquista barbudo, era un desaparecido.

         Eso de que los retornados volvieran todos a mitad del año, tenía una explicación: casi todos habían huido hacia el hemisferio norte. Si los padres dejaban que los niños terminasen el año escolar allá, acá recién íbamos por la mitad. Cuando en el hemisferio norte es verano, acá es invierno. Los retornados eran igualitos a los gringos pero si les sacabas los trapos, eran latinos, igual que uno. Lupe tenía unos ojos grandes y marrones, una risa sonora y una piel blanca que al sol se quemaba de nada.

 

En aquella época, cuando ella recién había vuelto, yo ya me agitaba como un cachorro si había un retornado en la puerta. Cuando Lupe me preguntó por qué, dije que seguramente creía que a través de ellos podía conocer el mundo en el que vivía mi padre. Dijo que los análisis nunca eran tan simples. Bien hija de sicóloga.

         Mi padre huyó a Suecia antes de que yo supiera decir pa. Había sido miembro de los tupamaros, una de las mas notables guerrillas del continente. Se los conocía sobretodo por el éxito de los túneles que cavaban hacia las cárceles donde los militares tenían presos a sus compañeros. Gracias a una de esas fugas hasta habían figurado en el Guinnes de los Récords. Los padres de Lupe también eran tupas. Y los de Cuba, y los del Belga.

         Mi padre ni esperó a que dieran el golpe de estado para huir: se fué antes. Si alguien me preguntaba por él, tenía que decir que él era diplomático y que estaba en Suecia por cuestiones de trabajo. Nadie te creía esos cuentos, pero igual me pasé la infancia mintiendo. [Es que en una dictadura no es recomendable decir que el padre de uno es guerrillero.]

         De Suecia él me mandaba cartas escritas en una letra que yo no entendía, siempre terminaba mamá leyéndomelas en voz alta. Lo hacía con dedicación, pero nunca lograba guardarse los comentarios: —Este padre tuyo sigue siendo el mismo chanta de siempre.— En esos momentos, era como si estuviesen juntos y yo gozaba como si fuera Reyes Magos.

         “A fines de julio me dan el salario vacacional,” leía mi mama y ya se le escapaba un suspiro. “Preguntále a tu madre si vos, cuando tengas vacaciones, podés venir para acá. Yo pago el pasaje. En diciembre cae nieve.” Mi madre resoplaba. – Le cae nieve entre las orejas.

         En parte tenía razón porque llegado diciembre mi padre siempre se había olvidado de su promesa, o se había gastado la plata, o las dos cosas y ahí me escribía que estaba ahorrando para comprar un pasaje para venir a visitarme.

         —Borracho —decía mi madre. En alguna parte había leído que la bebida en Suecia era cara.

         Él no podía dejar pasar una carta sin prometer que me vendría a visitar o a buscar o que me mandaría un pasaje y lo hacía con tanto poder de convicción que a veces me descuido y pienso que estuve en Suecia.

         Sigo pensando que era por mi padre que yo buscaba acercarme a los retornados aunque probablemente lo hiciese con demasiado afán porque hasta que llegó Lupe no había logrado intercambiar más de cinco frases con uno de ellos.

         Había dos hermanos de Canadá que parecían buena gente, pero estaban en quinto y sexto año, de mi existencia no se enteraban ni cuando me pisaban y además iban al turno de la mañana. Lupe dice que eso lo tengo que explicar, porque en la mayoría de los países los niños van todo el día al liceo. Acá sólo cuatro horas. Uno puede elegir si va de mañana o de tarde y si sos mayor de dieciocho también podés ir de noche.

         En el turno mío había tres hermanas que habían vivido en España pero eran tan lindas y prolijas que el aire parecía chillar cuando yo me les acercaba. El Belga también había llegado, pero era tan popular que tuve que esperar como dos años para que todo el barrio lo odiase y él pudiera convertirse en mi amigo.

 

     Lupe no sólo llegó en la mitad del año, también llegó por la mitad de la lección. Yo estaba en mi lugar de siempre al lado del Toco. La María lo había puesto a leer en voz alta, estaba convencida de que esa era la manera de curar a un tartamudo. Toco estaba tan concentrado dándole a las sílabas que no se dio cuenta de que la puerta del salón se había abierto y de que ahí estaba King Kong. La María tampoco se percató, pero de distraída nomás. Siempre andaba distraída. King Kong gruñó una disculpa, un champión amarillo se asomaba detrás de ella.

         Más adelante Lupe me contó como se hacía en Holanda cuando un alumno llegaba a mitad de año: el profesor te daba la bienvenida y a vos te tocaba contar tu nombre, tu edad y la razón para llegar a mitad de año. Luego contabas cuál era tu música preferida o lo que hacías en tu tiempo libre.

         Lupe se había pasado varios días redactando su presentación. La ayudaron su mamá y su abuela porque el vocabulario de Lupe en castellano no alcanzaba ni para completar un telegrama. Lo que máas ensayó fue la pronunciación; cada vez que acentuaba mal, su mamá y su abuela la corregían.

         No podía decir que había estado exiliada en Holanda y menos que su padre había estado preso. La democracia había vuelto y se había instalado, pero todo el mundo sabía que de un día para otro se la podían llevar.

         El padre de Lupe había estado en el penal No. 1, la cárcel que la junta militar construyó especialmente para sus enemigos. Las demás cárceles tenían un nombre pero la de los militares sólo un número.

         King Kong dijo: —Alumna nueva —y le dio un empujón a Lupe que la hizo entrar tropezando. Estábamos dando Don Quijote. En el pizarrón la María había representado el período histórico en una línea recta. Lupe frenó justo frente a la muerte de Cervantes.

         La María levantó la vista cuando King Kong desapareció cerrando la puerta. Lupe tenia su saco doblado sobre un brazo, en el otro hombro cargaba una mochila bastante enorme. Llevaba un buzo de colores fosforescentes, mitad rosado y mitad verde. Había dos palabras escritas con letras negras en diagonal pero las combinaciones de letras no estaban ni cerca de ser castellano. Era el nombre de una banda holandesa.

         Nosotros ni en la guardería habíamos visto tanto color en un salón de clase y encima Lupe empezó a ponerse colorada. La primavera había llegado y estaba completa.

         —Soy Lupe —dijo un poco fuerte.

         —¿Lupe? – repitió Toco y sin tartamudear siguió: —Lupe, ¿qué? – Cuando dábamos nuestro nombre en clase, siempre iba el apellido primero y el nombre después. Nunca abreviaciones y menos sobrenombres. Y menos con esa pronunciación: como si las vocales estuvieran durmiendo. Luuupeee. Antes de que pudiera decir otra cosa, la María le dijo que se sentase y con la mirada ya buscaba un banco libre.

         Nosotros le decíamos bancos a una estructura de metal que contenía un asiento y una mesita de madera. En cada banco cabía un alumno. La parte fundamental eran los esquíes; así les decíamos a las tablas que iban en la parte de abajo, y que evitaban que el banco se volcara hacia atrás cuando uno se sentaba. Al entrar a clase lo primero que intentabas era hacerte de un banco con esquíes. En realidad, todavía sigue siendo así.

         La María señaló a Lupe un banco en la primera fila, entre las chicas más estudiosas de la clase. Lupe no vio la señal porque estaba leyendo su papelito.

         —Tengo quince años, —dijo. – hablo holandés, inglés y español.— En todo caso, era graciosa.

         —Sentáte ahí, — dijo la María. Cualquiera se hubiera zambullido de cabeza en el banco.

         –Me gusta Bob Marley, nadar y andar a caballo —dijo Lupe.

         Yo todavía no sabía que los retornados vivían haciendo el ridículo y en este momento tampoco se me ocurrió. Estaba distraído con la alegría de que al fin tenía uno en mi clase; que fuese mujer, no era tan grave.

         Todos se reían. La María puso cara de enojada y Lupe enfiló hacia el banco. Ni bien colocó su peso en el asiento, la estructura entera se fue hacia atrás. Tuvo la suerte de que el alumno de la segunda fila, estaba cerca de su respaldo. Eso evitaba que te volcaras del todo. Lupe manoteó a su alrededor y terminó agarrada del respaldo de su vecina, pero sobretodo apoyándose en el piso. Un par de carcajadas rompieron el silencio.

         —Cuidado, — dijo La María, —los bancos aqui también tienen quince años.

         Lupe miraba a la construcción en la que le había tocado meterse como buscándole las las garras.

         —¡Silencio!— gritó la María. Le ordenó a Toco que siguiera leyendo. En el momento en que él empezó su carpintería verbal, Lupe retomó el discurso de su papelito.

         —Me gusta leer y actuar.—

         Toda la clase la miraba, incluyendo Toco.

         —Estamos tratando a Cervantes, —aclaró La María, —lee con la compañera a tu lado.—

 

Los hijos de retornados no tenían idea de lo que era la represión. Si ibas por la calle y pasaba la policía, Lupe seguía hablando como si nada, no importaba el tema, si era comprometedor o no.

         —Shht, —le decía yo cuando había uniformes en la vuelta seguido por un: —no mires.— Es que sino ella ya quedaba de vigía.

         No le gustaba que la shhetearan. Así le decía. Pensaba que era una palabra en castellano y a mi me gustaba así que demore pila en explicarle que no lo era.

         —Entiendo que tengo que hablar suave, —decía, —pero porque también entre la gente normal?

         —Tenés mucho que aprender,— le decía yo. Mi madre siempre me lo decía a mi. Lo que yo no sabía, era que era yo el que tenía que aprender que ahora podía hablar en voz alta y que mi madre decía que yo tenía mucho que aprender cuando era ella la que no sabía las repuestas.

 





















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































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carolina trujillo,
19 jan. 2010 13:05
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